
Como si fueran una cebolla, los mancucianos decidieron quitarse capas de sonido para este tercer disco y sonar más directos. Sin duda lo consiguieron, suenan más rudos, menos lánguidos y densos. Y de paso se quitaron de un plumazo toda posible duda ante un tercer disco que para mi es el mejor de su carrera.
De nuevo vuelven a componer temas buenísimos, y de nuevo vuelven a disponerlos en el disco de un modo magistral. Atrás quedan intros e interludios, y abren con
Some cities, un tema guitarrero donde ya se aprecia el ligero cambio de sonido, para seguir con
Black and white town, una de esas canciones pop pegadizas que se te quedan desde el primer segundo. No en vano, fue el primer single. Lo mejor de
Black and white town, no es que sea buena de por sí, es que el resto de temas es aún mejor. La combinación de calidez y melancolía de
Almost forgot myself te deja perfectamente preparado para
Snowden, que como dije en su día "que se quiten todos los
Coldplays con sus
Clocks", la combinación de instrumentos, el fragmento de
shoegaze en mitad de un temazo pop, el crescendo final, todo. Si Dios fuera una canción, para mi me sería
Snowden, y el día que por fin les pueda ver en directo, como la toquen me pondré a temblar literalmente. Para recuperarse del shock, vuelven en
The Storm al sonido que ya hicieran en el primer disco con
Firesuite, y no desmerecen en la reinterpretación en clave de folk americano de
There goes the fear que realizan con
Walk in fire.
A partir de aquí, queda una segunda mitad del disco más oscura y cruda, que empieza con
One of these days, sigue con la acústica
Someday soon, con esos parones acuosos a modo de estribillo, y termina de bajar con
Shadows of Salford, para explotar con
Sky starts falling, el tema más guitarrero y ruidoso del disco junto con
One of these days. Por último,
Ambition, un tema acústico, vaporoso y lleno de ecos, que cierra un disco magnífico en una especie de ironía ante la comedida ambición del grupo.